19.2.14

Raza, poblaciones y biodiversidad humana

Me han preguntado varias veces sobre diferencias entre "razas", especialmente en lo referente a inteligencia, y en especial por las anotaciones del blog de un filósofo racista católico español.
El color del cabello, una forma tan arbitraria
como cualquier otra para clasificar a los
seres humanos. En realidad hay un continuo
de tonos de cabello, no grupos discretos.
(Imagen CC Collage de Jujutacular con
imágenes de Rama, Jastrow y Mattbuck,
vía Wikimedia Commons)
Las razas no existen como tales.

La idea de "las razas" es un producto ultrasimplista de la era del descubrimiento y el imperialismo europeo. Todo se clasificaba, todo se estudiaba, no siempre con bases científicas, y se intentó hacer lo mismo con los seres humanos. Los europeos predominantes, en su intento de clasificar a los grupos humanos y al mismo tiempo de justificar su expansión imperialista y su colonialismo del resto del mundo, se centraron para su clasificación en unas pocas características físicas (el tono de la piel, el rizo del cabello, el pliegue epicántico de los ojos) como podían haberse centrado en otras (estatura, color del cabello, tamaño de los pies, largo del cuello o la separación entre los ojos) y con base únicamente en esas percepciones superficiales hicieron una clasificación de "razas" humanas que no soporta ningún análisis medianamente riguroso.

¿Cuál era el problema de esas clasificaciones? Que eran generalizaciones simplistas e ignorantes. Los europeos quisieron creer que todos los "negros" eran iguales por tener un tono de piel más oscuro o que los "asiáticos" eran una sola variación humana sólo por tener el pliegue epicántico en los ojos. Y los caucásicos eran de piel clara, o más o menos. Así, se metía en un saco a los beduinos, los italianos y los noruegos, y en otro a los etíopes, los tutsis, los lubas, los yorubas o cualquiera de los más de miles de grupos étnicos africanos; y en un tercero a todo mundo de Asia desde el norte de China hasta Filipinas o Vietnam.

Africanos de la actualidad.
 (Imagen CC Blaise Raise vía Wikimedia Commons)
La paleoantropología y la genética nos han pintado un panorama totalmente distinto. No hay uniformidad genética entre "negros", "asiáticos" o "caucásicos". Por ejemplo, sólo en África, en esos miles de grupos étnicos que mencionaba, hay más variabilidad que en todas las demás poblaciones, es decir, que hay más grupos de población distintos que se diferencian en muchísimas cosas aunque todos tengan la tez más o menos oscura de lo que todos en grupo se diferencian de los supuestamente caucásicos u orientales. Y todos venimos de África, de un solo origen.

Algunos creen que esto implica negar las diferencias genéticas entre poblaciones. O les conviene decir que otros lo creen porque así los pueden pintar como imbéciles. Lo que se llama el "hombre de paja": decir (como en el blog racista) que los enemigos del racismo "niegan la variabilidad genética poblacional" y una vez habiéndolos dejado como idiotas atribuyéndoles esa afirmación que no hacen, argumenta en favor de una posición racista arbitraria.

Así que las distintas poblaciones sí tienen características diferentes, pero eso lo estudia la genética estadística y la biología de poblaciones, no la pseudociencia racial del Tercer Reich. Y esa variación humana no tiene nada que ver con el caduco concepto de raza y mucho más con los orígenes étnicos, con las poblaciones de nuestros ancestros.

El racista Craig Cobb se entera en The Trisha Show de que tiene
un 14% de genes procedentes del África subsahariana, para
regocijo de otra invitada. (Captura de pantalla de The Trisha
Show, Fair Use Policy).
Siempre es bueno tener presente el caso de Craig Cobb, un líder neonazi racista que se sometió a un análisis genético que determinó que el 14% de su dotación genética provenía del África subsahariana. El asunto fue muy divertido, hasta que los racistas empezaron a perseguir a su exlíder por considerarlo parte del enemigo sin considerar su aspecto, lo que llevó a que el personaje se radicalizara hasta aterrorizar a la gente de la zona donde pretendía crear una comunidad "blanca pura".

Y es que todos somos mestizos. Todos. Absolutamente todos.

Por ejemplo: si tienes ancestros irlandeses, tienes más probabilidad de ser celíaco. Lo que no quiere decir que todos los irlandeses sean celíacos ni que todos los no irlandeses estén a salvo de la enfermedad. Ni que importe si pareces o no irlandés. Y si tienes ancestros armenios, turcos o judíos del Norte de África, tienes más probabilidad de sufrir la fiebre familiar mediterránea. Si tienes ancestros nórdicos, aumenta tu probabilidad de sufrir la enfermedad de Dupuytren.

Pero si tienes un ancestro lejano armenio y eres rubio platino con otro ancestro pelirrojo irlandés, podrías tener la misma probabilidad de sufrir la fiebre familiar mediterránea que cualquier turco cuya familia lleve seis mil años en Turquía.

Esto se debe a los flujos genéticos, que siempre han existido. Los seres humanos no están tan aislados como quisieran los racistas. A lo largo de toda la historia las poblaciones han tenido intercambios genéticos que además son beneficiosos para la variabilidad humana. Esto explica por qué muchos asiáticos son intolerantes a la lactosa cuando son adultos: la mutación que permite que sigamos produciendo lactasa (que digiere la lactosa) después de la infancia no se ha difundido mucho por las poblaciones asiáticas, lo cual incluso nos puede servir para saber con razonable certeza hace cuánto apareció esa mutación y en donde: el Oriente Medio hace unos 11.000 años.

Si en vez de hacer genética de poblaciones piensas en "razas" como un amo colonial europeo, acabas metiendo la pata. Por ejemplo, se suele decir que la "gente de origen africano" (por no decir "los negros", considerando que en realidad todos tenemos origen africano) tiene más probabilidad de sufrir anemia falciforme. ¿Es cierto? En realidad no, es una generalización peligrosa. Ni se aplica a toda África ni se aplica sólo a África.

La mayor incidencia de esta enfermedad debida a una mutación del gen de la hemoglobina se encuentra en el centro de África (Camerún, Senegal, Benin, Bantú), pero no en Sudáfrica, el cuerno de África (Etiopía), Sudán, Botswana y otras zonas. Además también está presente en la India, la zona alrededor del Golfo Pérsico y la zona de Turquía. Profundizando en el tema, se descubre que este tipo de anemia ocurre en lugares donde la malaria es endémica, y es de hecho un resultado secundario de la resistencia a la malaria. No tiene relación con el color de la piel, pues.

Por otro lado, quienes tienen raíces europeas son más propensos a la fibrilación auricular. Y si tienen ancestros del Norte de Europa identificados con los celtas, es más común que padezcan hemocromatosis hereditaria (exceso de hierro). Y si uno tiene ancestros senegaleses y de la aldea de Astérix, su aspecto físico no le dirá nada sobre su predisposición a esas u otras enfermedades, porque lo más importante de nuestra dotación genética no se expresa superficialmente en los aspectos que apasionan a los racistas como el tono de piel. O sea, uno puede ser de tez muy oscura y sin embargo ser propenso a la homocromatosis. Al gen de la homocromatosis no parece importarle la actividad de los genes responsables de la producción de melanina que es responsable del tono de nuestra piel.

Sabemos que todas las habilidades humanas, todas, tienen componentes genéticos así como culturales. Y sabemos que ciertas poblaciones (no razas) tienen ciertas predisposiciones genéticas en cuanto a probabilidad, es decir, estadísticamente, algo que no se traduce forzosamente en características de los individuos

Foto CC de Basketball Travelers Inc. Staff
(Paradise Jam official Facebook page)
vía Wikimedia Commons
En todas las características humanas existe una componente genética, una epigenética y una cultural (estas dos no son lo mismo) así otras relacionadas con el desarrollo, entrenamiento, entorno, vocación, etc. Si juegas baloncesto, serás mejor si mides más de 2 metros, muy pocos bajitos llegan a ser leyendas del baloncesto. Esto no hace inferiores a los pequeños (que, por otra parte, son más exitosos en la halterofilia, donde escasean los tipos muy altos).

Para medir dos metros necesitas los genes de la altura, sí, pero necesitas también que se expresen, lo cual depende de muchísimos factores (alimentación, desarrollo embrionario, clima, experiencias, otros genes, etc.), necesitas una cultura en la que haya pasión por el baloncesto, una buena alimentación, ganas de jugar y otras características (como ser competitivo, rápido, tener buena puntería, etc.). Siempre tendré presente a un chico que vi en 1978 en la convención mundial de ciencia ficción en Phoenix, Arizona: debía medir dos metros diez, delgado y con una rebelde melena rubia, que se paseaba con una camiseta que decía "Odio totalmente el baloncesto" ("I Absolutely Hate Basketball"). Evidentemente, la gente a su alrededor suponía que por ser alto debía gustarle el baloncesto, y debía jugarlo. Prejuicios como los que hay contra la gente de diversos colores, estaturas u orientaciones sexuales.

La pregunta es si esas diferencias son relevantes en temas de "superioridad" o "inferioridad" de algunas personas por el hecho de tener ciertos ancestros. Y la respuesta que tenemos hasta hoy es que no, o al menos no exactamente. Por supuesto alguien que mida dos diez y pese 100 kilos va a ser superior a mí jugando baloncesto. Nada más.

No hay razas humanas como entidades discretas (es decir, como grupos estancos) ni existen poblaciones aisladas. Hay un continuo en la variabilidad humana como han demostrado estudios genéticos con gran representatividad. Así como no hay grupos de estatura discretos, sino gente de todas las estaturas, una gama sin interrupciones desde muy pequeños hasta muy altos. Hay gente de piel muy oscura y muy clara, pero entre ellos hay toda una gradación continua. Y hay gente con el cabello perfectamente liso y gente con el cabello ensoritjado apretadamente (lo cual depende sólo de la forma del folículo piloso), pero también entre ambos hay una gradación sin saltos bruscos, con la nariz respingona o chata y aplastada, y todas las posibilidades intermedias. Y así sucesivamente.

El racismo pretende clasificar a los extremos, de modo arbitrario, y acaba dejando fuera a la mayor parte de la humanidad que está entremedio, en el gradiente.

Cromosomas humanos. (Imagen CC de Steffen Dietzel
vía Wikimedia Commons)
Claro que la genética juega un papel en todos los aspectos del ser humano, pero también es cada vez más claro que salvo algunas características muy concretas, no es absolutamente determinante. Y menos cuando se trata de categorías tan vagas como "inteligencia", que ni siquiera tiene una definición objetiva precisa. Por ello, aplicar las pruebas de "Cociente Intelectual" estandarizadas y creadas por blancos occidentales para evaluar la cognición de indios centroamericanos o masai africanos es un procedimiento de entrada anticientífico y sesgadísimo, porque se han creado para medir ciertas variables. Es como darle pruebas de inglés a todo el mundo y sacar como conclusión que los estadounidenses y miembros del Commonwealth son superiores porque saben inglés en mucho mayor proporción que los argentinos o los indonesios. O, al revés, que la prueba de inteligencia fuera de rastreo de presas: cualquier miembro de cualquier pueblo cazador que haya practicado, digamos los yanomamo o los aborígenes australianos, va a ser más inteligente que la gente de otras culturas.

Vamos, que NO hay ninguna fuente fiable que indique que todas las diferencias que pueden observarse entre distintos grupos sean exclusiva o predominantemente genéticas. Los argumentos de personajes como el filósofo en cuestión y otros racistas se basan en la interpretación sesgada, torticera y convenenciera de estudios sobre genética de poblaciones, a veces muy serios pero que no dicen lo que les hacen decir quienes escriben interesadamente.

Como siempre, las cosas son más complicadas de lo que creen quienes delirantemente pretenden que toda la humanidad, en su exquisita variedad, quepa en cinco clasificaciones inventadas en el siglo XVIII.